75º aniversario de la conferencia de Seelisberg (1947 – 2022): piedra angular del diálogo judeo-cristiano.

Así que no hay diferencia entre judío y griego;

todos tienen el mismo Señor, que es muy generoso con todo el que lo invoca;

porque todo el que invoque el Nombre del Señor se salvará”

Rm. 10,12

La enseñanza del desprecio y la mala praxis interpretativa de los textos bíblicos sustentaron, de acuerdo con el pedagogo e historiador francés Jules Isaac (1877-1963), el antisemitismo cristiano durante cerca de veinte siglos. En palabras de Sor Esperanza Mary (NDS) “aquella ignorancia trágica de casi dos mil años que originó ‘la enseñanza del desprecio’ y alimentó el odio crónico contra el pueblo de Jesús, odio que culminó en los crematorios de muchos Auschwitz”.

Este año se conmemora el 75º aniversario de la Conferencia Internacional de Emergencia sobre Antisemitismo, más conocida como la conferencia de Seelisberg, en atención a la localidad suiza que albergó las jornadas y que marcaría un antes y un después en las relaciones entre judíos y cristianos. La conferencia tuvo lugar apenas finalizada la II Guerra Mundial y cuando todavía estaba muy reciente el recuerdo de las atrocidades cometidas hacia el pueblo judío por el III Reich alemán y sus aliados. El objetivo primordial de la misma fue combatir las raíces del antisemitismo, que aun proliferaba en muchos países y, dentro de este contexto, abordar especialmente el antijudaísmo cristiano, buscando una nueva relación entre Cristianismo y Judaísmo.

Con carácter previo a abordar la conferencia de Seelisberg, es necesario tratar los antecedentes de la misma.

Antecedentes

En el S. XIX un selecto grupo de judíos conversos al catolicismo servirán como antesala del diálogo judeo-cristiano posterior. Personajes como David Branch, rabino alsaciano que acabaría siendo ordenado sacerdote; el padre François-Marie Liberman, también rabino y luego fundador de los padres del Espíritu Santo; los hermanos Ratisbona, Théodore- Marie y Alphonse-Marie, fundadores de las ramas masculina y femenina de la Congregación de Nuestra Señora de Sión o los también hermanos, éstos gemelos, Agustín y Joseph Lémann, ordenados sacerdotes en 1860, plantarán la semilla que germinará muchas décadas después en Seelisberg.

Adentrados ya el s. XX destacados pensadores judíos y cristianos también tratarán de mejorar la percepción que judíos y cristianos tenían entre ellos. Destacarán, por un lado, el filósofo Franz Rosenberg, autor de “Estrella de la Redención” (1921); el también filósofo Martín Buber (“Yo y tú”, 1923) y el rabino Leo Baeck (“El Evangelio como documento de la historia de la fe judía”, 1938), todos ellos judíos. Por parte cristiana destacarán, entre otros, el clérigo anglicano James William Parkes (“El judío y su vecino”, 1929); el historiador católico Karl Otto Thieme, pionero en el diálogo judeo-cristiano a través de sus colaboraciones en la revista trimestral “Freiburger Rundbrief”; y el teólogo católico John M. Oesterreicher, que sería uno de los artífices de la declaración Nostra Aetate, promulgada en el Santo Concilio Ecuménico Vaticano II.

Paralelamente a estos pioneros, surgirán en varios países del ámbito anglosajón las primeras asociaciones centradas en la promoción del diálogo judeo-cristiano. La más veterana será el influyente Consejo Nacional de Cristianos y Judíos, fundado en Estados Unidos en 1927.

Será este mismo Consejo Nacional de Judíos y Cristianos quien convocará, en 1944, en medio de la II Guerra Mundial, una reunión de representantes judíos y cristianos a nivel internacional. Dicha reunión no podrá celebrarse hasta agosto de 1946, esto es, finalizada la guerra, en la localidad inglesa de Oxford.

Dos años antes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la Resolución 217 A (III) de la Asamblea General de las Naciones Unidas de 10 de diciembre de 1948, la Conferencia Internacional de Cristianos y Judíos (Oxford, 1946) definirá los derechos y obligaciones fundamentales de todo ser humano independientemente de su religión, raza y creencias. En uno de sus informes, la conferencia de Oxford llegará a afirmar que “el odio es un mal que afecta a la humanidad en su conjunto. Cada grupo -haciendo referencia a las comunidades judía, católica romana, ortodoxa y protestante- debe resistir inquebrantablemente los ataques a otros grupos…de todas las tensiones grupales”. En relación al antisemitismo este informe sentenciará que “la historia reciente muestra que un ataque a los judíos es un ataque a los principios fundamentales del Judaísmo y del Cristianismo, de los que depende nuestra ordenada sociedad humana”.

La conferencia de Seelisberg

La conferencia tuvo lugar en el Grand Hotel Kulm (Seelisberg, Suiza central) y comprendió del miércoles 30 de julio al martes 5 de agosto de 1947. En la misma participaron sesenta personas provenientes de una decena de países distintos y todos ellos miembros destacados de la Iglesia Católica, de las iglesias luteranas y de las comunidades judías europeas y americanas. En concreto participaron 28 judíos, 23 protestantes y 9 católicos.

Es importante resaltar que los participantes hablaron en su propio nombre y no como representantes legales de ninguna confesión religiosa y que todos ellos deseaban poner fin a cerca de veinte siglos de animosidad y desconfianza entre judíos y cristianos.

La primera jornada comenzó con la presentación de la agenda específica de la conferencia: En primer lugar, se acordó que se debía elaborar un inventario del antisemitismo presente en varios países europeos e indagar acerca de las razones de su continuación e incluso aumento después de la II Guerra Mundial; Seguidamente, debían establecerse medidas prácticas orientadas a combatir el antisemitismo en todos los campos (social, religioso, académico, etc); Por último, se debían dar los primeros pasos para recomponer la relación entre judíos y cristianos.

En la segunda jornada se acordó que los sesenta participantes se distribuyeran en cinco Comisiones, cada una de las cuales debía reportar un informe para su aprobación al finalizar la conferencia.

La Comisión I, denominada “Los Principales Objetivos de la Cooperación Judeo-Cristiana en relación con la lucha contra el antisemitismo”, se centró básicamente en combatir el antisemitismo. En este sentido, la Comisión I concluiría su informe afirmando que “el objetivo común ha sido combatir el antisemitismo como un pecado contra Dios y contra la humanidad, y como un peligro contra la civilización moderna, un peligro tanto para no judíos como para judíos”.

Por su parte, la Comisión II (“Oportunidad Educativa en las Escuelas y Universidades”) se ocupó de la educación, y determinó que el antisemitismo y las tensiones existentes entre los diferentes colectivos étnicos y religiosos solo podrían superarse reforzando los valores morales de la sociedad proyectando un enfoque educativo integral. Esta Comisión afirmará que “se debe poner un énfasis especial en el entrenamiento emocional y el desarrollo de actitudes”. La Comisión III (“La tarea de las Iglesias”) se centrará en mejorar la relación entre judíos y cristianos y será, con diferencia, la que tenga el papel más destacado de todas. Siguiendo la estela de Jules Isaac, integrante de esta Comisión, se determinó que el antijudaísmo cristiano encontraba su fundamento en la denominada “enseñanza del desprecio” contra los judíos, según la cual el Judaísmo había quedado reducido a un legalismo sin alma; los judíos eran culpables del crimen del ‘Deicidio” y la diáspora de los judíos era un castigo originado por la Pasión y Muerte de Cristo en la Cruz. Esta “enseñanza del desprecio” será la base del antisemitismo posterior.

El texto presentado por la Comisión fue reelaborado en diferentes borradores. La versión definitiva señalaría “la necesidad de subrayar los estrechos vínculos que existen entre el judaísmo y el cristianismo, la necesidad de presentar la historia de la Pasión de tal manera que no suscite animosidad contra los judíos, y eliminar de la enseñanza y predicación cristianas la idea de que el pueblo judío está maldito”. Paralelamente, los miembros judíos presentes en la Comisión se comprometieron a abstenerse en todo lo que pudiera socavar las buenas relaciones entre judíos y cristianos expresando, asimismo, su aprecio por lo sagrado en el Cristianismo. La Hotel Sonnemberg en Seelisberg segunda parte de los trabajos de esta Comisión concluirían en los conocidos como “Diez Puntos de Seelisberg”, hechos públicos meses después y de los que trataremos a continuación.

Por su parte, la Comisión IV (“Trabajo en el campo del servicio cívico y social”) abordó la necesidad de una convivencia pacífica entre los diferentes colectivos sociales, étnicos y religiosos, animando especialmente a judíos y cristianos a involucrarse en asociaciones de índole interreligioso a fin de mostrar al exterior que “la profunda convicción religiosa se expresa naturalmente no en el comportamiento antisocial sino en la preocupación por el bienestar de los demás”.

Por último, la Comisión V (“Relaciones con Gobiernos”), se ocupó de cuestiones relacionadas con los gobiernos e hizo públicas cuatro resoluciones: una resolución sobre cuestiones legales; otra resolución sobre las reparaciones y compensaciones que se hacía exigible destinar a las víctimas de la Shoá; otra resolución sobre el antisemitismo en Europa del Este, que ya estaba haciéndose presente en diferentes regímenes comunistas; y una última resolución sobre los refugiados de guerra. Esta última resolución afirmaría, en clara alusión a la inmigración judía en el Mandato británico de Palestina, que “los gobiernos están llamados a hacer todo lo imaginable para ayudar a los refugiados de guerra a establecerse y construir sus vidas dónde y cómo deseen”.

Jules Isaac

Jules Isaac será un protagonista fundamental en la génesis y desarrollo del nuevo enfoque de las relaciones judeocristianas. No religioso, aunque de sangre judía, tras la II Guerra Mundial Isaac se verá obligado a abordar la cuestión del antisemitismo. Será entonces cuando abra por primera vez los Evangelios y compruebe las profundas raíces judías del Cristianismo. En los Evangelios descubrirá a un Jesús judío que es acogido con entusiasmo por su pueblo, al que jamás condenó o reprobó. Asimismo, la lectura de los Evangelios le ayudará a descubrir a un Jesús que cumple el shabat y que celebra las fiestas judías como el Pésaj, que reza en el Templo y que conoce a la perfección las Escrituras. El pensamiento de Jules Isaac quedará reflejado magistralmente en “Jesús e Israel” (1948) y en “L’Antisémitisme at-il des racines chrétiennes” (1960). Por su interés y a fin de reflejar con mayor claridad el pensamiento de Jules Isaac, creo conveniente reproducir parcialmente una carta enviada por éste a Henry Daniel Rops a propósito de la publicación de su libro “Jésus en son temps” (Fayard, Paris, 1945) en el que responsabilizaba al pueblo judío, acusándolo de réprobo y maldito, de la Pasión y Muerte de Jesús. Esta carta fue publicada en la revista Europe (julio, 1946):

No tengo nada contra el cristianismo, pero sí contra usted, contra cierto farisaísmo cristiano que usted no tuvo el valor de repudiar; todo lo contrario, cuya tradición mortífera usted perpetúa. Sí, mortífera, se lo digo de manera cuadrada. Conduce a Auschwitz. Usted habla con pesadez de las responsabilidades judías; yo digo que ha llegado el tiempo de hablar de las responsabilidades cristianas, o pseudocristianas. La verdad, la fe cristiana no exige para nada esa doctrina inhumana, bárbara concepción de la justicia de Dios, negación del valor universal del misterio de la Cruz y de la Redención. Jesús, judío ‘según la carne’ vivió ‘bajo la ley judía’, en la Palestina judía” (…) Los enemigos de Jesús en Palestina fueron los mismos que hubiese encontrado en cualquier otro país, los mismos que encuentra siempre, en todos los pueblos: los dirigentes, los notables, la ‘gente de bien’. El pueblo judío no es más que figura, figura la humanidad entera”.

Los Diez Puntos de Seelisberg estarían totalmente influenciados por la obra y el pensamiento de Jules Isaac. Éste presentará a la Conferencia de Seelisberg un manuscrito con su libro, antes citado, “Jesús e Israel” (1948), en el que desengrana las raíces del antisemitismo y que servirá de base para los trabajos que se llevarán a cabo en Seelisberg.

Los Diez Puntos de Seelisberg

Seelisberg apenas fijó declaraciones teóricas sino que se esforzó en proponer soluciones prácticas para poner fin al antisemitismo. Estas soluciones se condensan en los llamados Diez Puntos de Seelisberg, que se convertirían en las piedras angulares del diálogo judeo-cristiano:

  1. Recuerde que un Solo Dios nos habla a través del Antiguo y del Nuevo Testamento.
  2. Recuerde que Jesús nació de una madre judía de la descendencia de David y del pueblo de Israel, y que Su amor eterno y el perdón abarcan a Su propio pueblo y al mundo entero.
  3. Recuerde que los primeros discípulos, los apóstoles y los primeros mártires eran Judíos.
  4. Recuerde que el mandamiento fundamental del cristianismo, amar a Dios y al prójimo, ya proclamado en el Antiguo Testamento y confirmado por Jesús, es obligatorio para los cristianos y los judíos en todas las relaciones humanas, sin excepción alguna.
  5. Evite distorsionar o tergiversar el judaísmo bíblico o post-bíblico con el objeto de ensalzar el cristianismo.
  6. Evite el uso de la palabra judíos en el sentido exclusivo de los enemigos de Jesús, y las palabras «los enemigos de Jesús» para designar a todo el pueblo judío.
  7. Evite presentar la Pasión de tal manera que se provoque el odio por el asesinato de Jesús a todos los Judíos o solo a los Judíos. Fue sólo una parte de los Judíos en Jerusalén la que pidió la muerte de Jesús, y el mensaje cristiano ha sido siempre que se trataba de los pecados de la humanidad que eran ejemplificados por los de los Judíos y que fueron los pecados de todos los que llevaron a Cristo a la Cruz.
  8. Evite referirse a las maldiciones bíblicas, o al grito de una turba furiosa: «Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos», sin recordar que este grito no debe contar frente a las palabras infinitamente más poderosas de nuestro Señor: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».
  9. Evite la promoción de la idea supersticiosa de que el pueblo judío es réprobo y maldito, reservado para un destino de sufrimiento.
  10. Evite hablar de los judíos como si los primeros miembros de la Iglesia no hubieran sido judíos.

La conferencia de Seelisberg se ha convertido en un punto de referencia en el diálogo judeocristiano y en la renovación de las iglesias en su relación con el Judaísmo. Dos de sus frutos más importantes serán la declaración conciliar “Nostra Aetate” (1965), que establecerá unas nuevas y renovadas bases en la relación entre judíos y cristianos, y la creación de múltiples asociaciones de Amistad Judeo-Cristiana alrededor del mundo. Estas asociaciones adoptarán como tarea esencial “trabajar para que, a los malentendidos seculares, a las tradiciones de hostilidad entre judaísmo y cristianismo, les substituyan el respeto, la amistad y la comprensión mutuas” (Estatutos de la Amistad Judeo-Cristiana de Francia, art. 2)

La Iglesia Católica, por su parte, abrirá tras el Concilio Vaticano II un tiempo nuevo en su relación con el pueblo de Abraham, reencontrándose con él y tejiendo lazos de amistad antes inexistentes. Nadie mejor que un Papa Santo, Juan Pablo II, gran amigo del pueblo judío, para dar buena muestra de ello:

Compartiendo con los judíos la parte de la Escritura que aparece bajo el nombre de Antiguo Testamento, la Iglesia continúa viviendo de aquel mismo patrimonio de verdad, releyéndolo a la luz de Cristo. La inauguración de los tiempos nuevos, por El cumplida con la nueva y eterna Alianza, no destruye la antigua raíz, sino que la abre a una fecundidad universal. En consideración a lo dicho, no puede dejar de despertar intenso dolor el recuerdo de las tensiones que tantas veces han caracterizado las relaciones entre cristianos y judíos. Por ello, hagamos nuestra, también hoy, la voz del Concilio que lamentó con firmeza “los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”.

Bibliografía:

  • The 1947 Seelisberg Conference: The Foundation of the Jewish-Christian Dialogue. Studies In Christian-Jewishn Relations. Center for Christian-Jewish Learning at Boston College. Christian Rutishauser, Gregorian University.
  • Estrella y Cruz. La conciliación judeo-cristiana. 1926-1965. Jean Meyer. Ed. Taurus.
  • La aportación de un judío a la Iglesia. Colección Humanismo Judío. Sor Esperanza Mary. Ed. Riopiedras. Depósito Legal: B.5.127-86.
  • “70 años de la conferencia de Seelisberg”. Rab. Shmuel Szteinhenler, miembro del Comité Ejecutivo del International Council of Christians and Jews. (Revista “Alfa y Omega”. 26-10-2017).

Por Víctor Puigdengolas Sustaeta

(*) Artículo publicado en el núm. 26 de la revista Diálogo Judeo-Cristiano (diciembre de 2022)

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